Recomendaciones

Sobre los erizos y su elegancia

Pasé gran parte del primer tercio de mi vida en un hotel en el centro de San José. Ciertamente, no era la colmena elegante en alguna parte de París – pero tenía algo. Seguro eran los largos pasillos de loza vieja y paredes crema, recordatorios de alguna época indiferente, o una escalera de caracol que atravesaba el centro del edificio como una columna vertebral.

En sus inicios, el hotel era frecuentado por muchos y habitado por pocos. Esos pocos optaban por vivir confinados en la comodidad de su habitación (de cuatro mil colones la noche, con televisor y aire acondicionado), pues la mayoría huía de los juicios de los otros. Escondidos en partes estratégicas del lugar, los salían ocasionalmente por lo necesario. Uno de ellos se sentaba al fondo del lobby y, armado con varios mazos de naipes, pasaba horas construyendo castillos. En algunas ocasiones pensé que hacía trampa, pues las cartas no se resbalaban con facilidad en contacto con las demás. A veces, cuando llegaba a mi casa, tomaba uno de los mazos de mi abuela y procedía a edificar un castillo igual o mejor… con resultados decepcionantes, por supuesto.

Aquel hombre tenía el encanto de un erizo, aunque nunca lo catalogué como tal. Paloma, por otro lado, necesitó solamente de tres capítulos para racionalizar impresiones y sentimientos que, en mi caso, tomaron años. Llámenlo envidia o incredulidad. Por eso dejé de creer en ella.

Paloma no logró conmoverme, y mucho menos la obra de la cual ella forma parte. Pero han pasado varios meses desde la primera y última vez que la leí, y por alguna razón esta permanece muy fresca. Quizá es, porque de alguna forma, me enseñó algo que ya había olvidado.

La noche del oráculo

Compré La noche del oráculo de Paul Auster en una librería, casi a ciegas, pues conocía poco del autor y nada de su obra. Llamé a un amigo, el principal culpable de la recomendación, y lo amenacé con cobrarle los ocho mil colones que costaba el libro si no me gustaba.

Sí, qué buena amiga soy.

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Haruki Murakami

Sonaba “Down On Me” de Pink Reason cuando decidí irme a bañar. Ya en la ducha me cuestionada recomendar a Haruki Murakami con sólo haberme leído un libro y medio. Creo que un libro (y medio) basta para querer compartirlo; ya se lo recomendé a Zavorío dos veces. Kafka on the Shore (Kafka en la orilla) me gustó bastante; lloraba sin ninguna razón al leerlo (otro e/lit/ist me contó que le pasó lo mismo).

Hace mucho no lloraba, pero eso fue como en enero… Ahora me prestaron otro, The Wind-up Bird Chronicle (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo): el que llevo por la mitad. Creo que si tienen un mínimo interés por la cultura japonesa, la cultura pop (en especial la música), el simbolismo, la alienación, los sueños y entender el macrocosmos a través del microcosmos, les podría gustar Murakami. Ahorita suena “Kity Empire” de Big Black, las medias están un poco sudadas entonces me entra un frío por la planta de los pies que me recuerda que por dentro llevo una armadura de huesos.

Un road post

Una larga franja de asfalto que recorre un número indeterminado de kilómetros es el denominador común. Y aunque muchos odien las filas eternas de carros, los hombres uniformados y – sobre todo- las calles de Costa Rica post Ley de Tránsito, las novelas sobre la calle dan una visión distinta de este espacio. Cada personaje tiene un motivo distinto para realizar su viaje, es la calle y no el destino el que provee la respuesta.

Es un viaje, estamos de acuerdo. Pero las road novels, a diferencia de cualquier otro viaje, tienen un encanto particular. Quizá es lo contemporáneo y lo familiar de la carretera, o quizá (quizá) el automóvil. Sea lo que sea, he aquí tres de los libros que más he disfrutado.


Los autonautas de la cosmopista de Julio Cortázar.

Es la cosmopista, y no la autopista. El anti-viaje donde lo importante es el asfalta y los cuarenta y tantos paraderos que se esconden en la carretera de París a Marsella. Ciertamente no es lo más destacado de la prosa cortazariana, pero como experimento y diario de viaje es, sencillamente, hermoso.


On the road por Jack Kerouac.

Mi copia de este libro está casi tan destruida como Jack Kerouac al final de su existencia. Pero bueno, era obligatorio incluirlo (destruido o no). Dean Moriarty y Sal Paradise realizan un viaje tan extraño como absurdo, con cantidades considerables de alcohol, benzodiacepinas y llantas quemadas.


Fear and loathing in Las Vegas de Hunter S. Thompson.

La calle en un auténtico gonzo acid trip. Y eso es todo.

La ciencia de engordar cerdos

Madre, estabas completamente equivocada. No siempre el que engorda muchos chanchos, ninguno se come gordo. Al menos en el ámbito artístico no se engordan cerdos (o talvez sí), pero sí se promueve la interdisciplinariedad. O mejor dicho, las interacciones entre dibujos y texto, dibujos y sonido, sonido y texto…

Todo se reduce a una combinación de los sentidos. Sinestesia aplicada
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Los trapos sucios de Alfredo Oreamuno

Fue un alcohólico, no un escritor de profesión.

Pero eso nunca le impidió escribir.

Alfredo Oreamuno, también conocido como Sinatra, dejó el alcohol en 1963 para, tan sólo siete años después, plasmar sus memorias grabadas en la que se convertiría en la primera de siete novelas: Un harapo en el camino.

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Atavismo

Este año he trabajado en la musicalización de distintas obras audiovisuales. Algunas ya fueron exhibidas, y otras esperan su salida al público.

Por otro lado me causa agrado y orgullo que otros artistas quieran utilizar mi música para sus obras; y me ha sorprendido mucho que Atavismo, pieza que incluí en el Infusión Vol. 3, haya sido utilizada varias veces.

Sandía con ayuda de Diego Arias realizaron este spot animado para anunciar la exposicón de Sandía “Retrato de sí: complexiones“.

Retrato de sí: complexiones from Sandía on Vimeo.

Días después Cristo realizó una crónica de la participación de NoisNois en el aniversario de Trans y Art Studio Magazine.

NoisNois en el Observatorio (El videotape) from Cristobal Serrá J. on Vimeo.

Hace pocos días Natalia Jara hizo un clip para promocionar el corto “El Mar” de Maricarmen Merino.

Clip El Mar (la mano) from Natalia Jara on Vimeo.

No suelo hablar mucho de mí, pero algo se aprende de los amigos.