Literatura

Haruki Murakami

Sonaba “Down On Me” de Pink Reason cuando decidí irme a bañar. Ya en la ducha me cuestionada recomendar a Haruki Murakami con sólo haberme leído un libro y medio. Creo que un libro (y medio) basta para querer compartirlo; ya se lo recomendé a Zavorío dos veces. Kafka on the Shore (Kafka en la orilla) me gustó bastante; lloraba sin ninguna razón al leerlo (otro e/lit/ist me contó que le pasó lo mismo).

Hace mucho no lloraba, pero eso fue como en enero… Ahora me prestaron otro, The Wind-up Bird Chronicle (Crónica del pájaro que da cuerda al mundo): el que llevo por la mitad. Creo que si tienen un mínimo interés por la cultura japonesa, la cultura pop (en especial la música), el simbolismo, la alienación, los sueños y entender el macrocosmos a través del microcosmos, les podría gustar Murakami. Ahorita suena “Kity Empire” de Big Black, las medias están un poco sudadas entonces me entra un frío por la planta de los pies que me recuerda que por dentro llevo una armadura de huesos.

Un road post

Una larga franja de asfalto que recorre un número indeterminado de kilómetros es el denominador común. Y aunque muchos odien las filas eternas de carros, los hombres uniformados y – sobre todo- las calles de Costa Rica post Ley de Tránsito, las novelas sobre la calle dan una visión distinta de este espacio. Cada personaje tiene un motivo distinto para realizar su viaje, es la calle y no el destino el que provee la respuesta.

Es un viaje, estamos de acuerdo. Pero las road novels, a diferencia de cualquier otro viaje, tienen un encanto particular. Quizá es lo contemporáneo y lo familiar de la carretera, o quizá (quizá) el automóvil. Sea lo que sea, he aquí tres de los libros que más he disfrutado.


Los autonautas de la cosmopista de Julio Cortázar.

Es la cosmopista, y no la autopista. El anti-viaje donde lo importante es el asfalta y los cuarenta y tantos paraderos que se esconden en la carretera de París a Marsella. Ciertamente no es lo más destacado de la prosa cortazariana, pero como experimento y diario de viaje es, sencillamente, hermoso.


On the road por Jack Kerouac.

Mi copia de este libro está casi tan destruida como Jack Kerouac al final de su existencia. Pero bueno, era obligatorio incluirlo (destruido o no). Dean Moriarty y Sal Paradise realizan un viaje tan extraño como absurdo, con cantidades considerables de alcohol, benzodiacepinas y llantas quemadas.


Fear and loathing in Las Vegas de Hunter S. Thompson.

La calle en un auténtico gonzo acid trip. Y eso es todo.

Grandes hombres, pequeñas niñas


La forma más fácil de desacreditar la creación artística es apuntando al autor. La actividad ritual y falaz de otorgarle etiquetas innecesarias a una obra, valiéndose de la vida privada de su creador, es simplista y predecible. Ya Balthus sabía que iba a ser atacado por ese ángulo, por esta razón negó que su obra fuera reducida a un llano perfil biográfico, y en consecuencia, a un sensacionalismo mediático (tiro por la culata).


Golden Days, Balthus

«Creo que ese artista es un pedófilo.»
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El arte de meter la cuchara

Muchas veces he escuchado de músicos que basan una o varias de las piezas que componen en una obra literaria o en la vida de un autor. Pero siempre, siempre, me ha parecido más interesante cuando el autor realiza una colaboración directa, cuando mete la mano en algo que típicamente no sería su área. El resultado es, en muchas ocaciones, valioso e interesante.

Caso uno.
Lou Reed le dedicó la canción European Son, del disco The Velvet Underground and Nico a Delmore Schwartz, escritor y profesor de Literatura Inglesa en la Universidad de Syracuse, en Nueva York. Debo mencionar que Reed fue alumno de Schwartz por varios años, lo cual permitió que entre ambos existiera una relación muy estrecha.

Fue tal el impacto de este escritor que Reed, en varias ocaciones, alucinó con el espíritu de Schwartz, quien lo regañaba por grabar un mal disco o escribir poesía mediocre.

Caso dos.
Fue a través de Ministry que descubrí a William Burroughs, y no viceversa.


Ya no soy metalera, pero me siguen gustando los libros de Burroughs.

Burroughs y el vocalista de la banda, Al Jourgensen, hicieron una serie de colaboraciones en los noventas. De ésta, mi preferida (y creo que la más notable) es un remix de la pieza Just One Fix, que cuenta con un texto narrado por el mismo Burroughs. En un vídeo creado para la misma canción, el escritor, que en ese momento tenía unos noventa años, aparece disparándole a placas de cemento con una escopeta de doble barril.


Ministry – Just One Fix
Cargado por scootaway. – Videos de música, entrevistas a los artistas, conciertos y más.

No me gustan Los Ramones

Antes de las elecciones, Manuel Obregón decidió apoyar públicamente a Laura Chinchilla. Muchas personas le cayeron encima y argumentaban entre otras cosas que es contradictorio apoyar a Laura y hacer música “ecológica”.

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Identidad por fasículos

Revistas y más revistas. Aunque en posts anteriores he mencionado la existencia (e importancia) de algunas revistas culturales contemporáneas, debo admitir mi facinación por las producciones de finales de siglo XIX y principios del XX.

Las revistas, en comparación a la publicación de textos por medio de editoriales, se transformaron en medios eficientes (y considerablemente baratos) para la difusión de artículos, ensayos, cuentos cortos o, incluso, novelas por capítulos. Por eso, por muchos años fueron tan exitosas.

Es más, la mayoría, o, mejor dicho, todas las novelas y cuentarios importantes de principios de siglos fueron publicados en muchas de estas revistas, los cuales ayudaron a forjar la identidad cultural de Costa Rica. Muchas de estas publicaciones se consideraron promotores de la cultura costarricense. Por ejemplo, en una edición de 1896, los editores de La Revista Nueva pretenden convertirse en:

“(…) Un hogar al cual salgan a calentarse las inteligencias que están padeciendo el frío de la soledad y el silencio: un jarrón en que se ostenten juntas las flores del alma nacional (…) Porque no hay que olvidar que son las letras símbolo acabado de lo que vale un pueblo (…)”

Noten cómo esta noble labor es dada a un muy pequeño porcentaje de la población nacional.

Por otro lado, Páginas Ilustradas describía la cultura costarricense como “embrionaria”. Buena manera de ignorar cientos de años de cultura y producción indígena.

En fin, para los amantes de las cifras, de 1870 a 1940 aparecieron 66 revistas. La gran mayoría de estas publicaciones -como sería el caso del Repertorio Americano de Joaquín García Monge, La Revista Nueva o Athenea- comenzaron a difundirse a principios del siglo XX. Gran mayoría de estos textos tenían un enfoque modernista y positivista, que invisibliza(ba) gran parte de la población costarricense para favorecer la visión de un grupo pequeño pero intelectual y económicamente poderoso. En muchos ámbitos, la noción identitaria de estos textos todavía sigue vigente.

¡Cuanto me alegro que todo se mantenga igual!
(sí, eso fue sarcástico)

Sin duda alguna, la identidad se define por fasículos mensuales.

La ciencia de engordar cerdos

Madre, estabas completamente equivocada. No siempre el que engorda muchos chanchos, ninguno se come gordo. Al menos en el ámbito artístico no se engordan cerdos (o talvez sí), pero sí se promueve la interdisciplinariedad. O mejor dicho, las interacciones entre dibujos y texto, dibujos y sonido, sonido y texto…

Todo se reduce a una combinación de los sentidos. Sinestesia aplicada
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