Literatura

Del reino de lo irreal

Henry Darger corrió con la suerte que sólo puede regalar la humildad. Por ingenuidad o un completo espíritu de genio, Henry viene a importarnos a estas alturas del 2011 a pesar de haber muerto en el 73. A pesar de ser todo menos un novelista en vida, o al menos no un novelista-reconocido-en-el-exterior-de-su-apartamento en vida, se le atribuyen las más de quince mil páginas del manuscrito “The Story of the Vivian Girls, in What is known as the Realms of the Unreal, of the Glandeco-Angelinnian War Storm, Caused by the Child Slave Rebellion” y de las ilustraciones que lo acompañan. Un vivo ejemplo del outsider art, si me perdonan la incoherencia.

“Henry Darger’s one-room Chicago apartment.”

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Sobre los erizos y su elegancia

Pasé gran parte del primer tercio de mi vida en un hotel en el centro de San José. Ciertamente, no era la colmena elegante en alguna parte de París – pero tenía algo. Seguro eran los largos pasillos de loza vieja y paredes crema, recordatorios de alguna época indiferente, o una escalera de caracol que atravesaba el centro del edificio como una columna vertebral.

En sus inicios, el hotel era frecuentado por muchos y habitado por pocos. Esos pocos optaban por vivir confinados en la comodidad de su habitación (de cuatro mil colones la noche, con televisor y aire acondicionado), pues la mayoría huía de los juicios de los otros. Escondidos en partes estratégicas del lugar, los salían ocasionalmente por lo necesario. Uno de ellos se sentaba al fondo del lobby y, armado con varios mazos de naipes, pasaba horas construyendo castillos. En algunas ocasiones pensé que hacía trampa, pues las cartas no se resbalaban con facilidad en contacto con las demás. A veces, cuando llegaba a mi casa, tomaba uno de los mazos de mi abuela y procedía a edificar un castillo igual o mejor… con resultados decepcionantes, por supuesto.

Aquel hombre tenía el encanto de un erizo, aunque nunca lo catalogué como tal. Paloma, por otro lado, necesitó solamente de tres capítulos para racionalizar impresiones y sentimientos que, en mi caso, tomaron años. Llámenlo envidia o incredulidad. Por eso dejé de creer en ella.

Paloma no logró conmoverme, y mucho menos la obra de la cual ella forma parte. Pero han pasado varios meses desde la primera y última vez que la leí, y por alguna razón esta permanece muy fresca. Quizá es, porque de alguna forma, me enseñó algo que ya había olvidado.

Fleur Jaeggy tiene una frente hermosa

Hay algunos lugares que se conocen como libros. Algunos son terribles y destructores. Los mejores son terribles y destructores. Los demás esperan a la distancia a que haya lluvias e inundaciones. Pero a mí no me interesan estas ansias meteorológicas. Me interesa su crueldad, su forma de mirar al mundo, una mirada que ve un cuerpo, recién asesinado o por lo menos en esa etapa de putrefacción leve donde la necrofilia todavía es disfrutable.

Con su nombre impronunciable viajamos como una hija a través del océano, sobre el océano, por debajo de algo muy grande que nos impide ver a los pájaros besándose, a los pulpos mostrar sus manos y despedirse. Fleur Jaeggy nos corta las pupilas y todos estamos de acuerdo con eso. Le tomamos cierto gusto al malestar, a ese ambiente casi peligroso que se siente, tal vez por la ausencia de tantos ángeles que han aprendido a no decir lo indicado, a no dar precauciones.

Murmurando en un idioma ininteligible se puede conversar con ella, aunque se muestre muy seria, aunque enseñe su cara de animal de cementerio. Podemos comunicarle que no sabemos dónde estamos, que no sabemos qué hacemos con los libros al frente, a pesar de aparecernos siempre y desaparecernos luego. Ella hará una pausa sumamente larga, esperaremos a que termine mientras vemos la televisión en nuestras casas, esperaremos a que responda mientras bañamos a los hijos de nuestros hijos.

Hoy no me he permitido ver su foto. Escribo esto de memoria, con una mano tapándome los ojos, pero como si fuera su mano. Fría y suiza, que a veces es lo mismo. Me cubre los ojos, mientras ella y yo, nos tomamos las manos. Cuando intento abrir los ojos siento la suya muy seca y envejecida, cuando cierro los ojos, dejo que me guíe como si fuera un gato. Ella o yo. Cruzamos un patio en el que hace años no llueve. Subimos a un árbol, que es una extensión de la luna y que casi la toca. Subimos muy alto. Le echo una ojeada a nuestros cuerpos y hemos perdido las propiedades humanas, no tenemos zapatos, no tenemos fajas ni ropa interior. Ella se pone un dedo en la boca y me mira como ha mirado el mundo siempre. En ese momento me siento parte del mundo. Y no hay forma de sentirme bien.

Me he quedado en la misma rama, del mismo árbol. Me tapo los ojos con mi mano y con la otra escribo esto, escribo esto, escribo esto. Ella ha seguido subiendo, dejando un camino de hormigas lunares. El camino de hormigas está inmóvil y ella tiene sus ojos de gato posados en mí. Cuando ella me mira yo no tengo ojos. Tengo una mano que me tapa el cuerpo.

Tengo aire acondicionado. Vení a visitarme

Andrés Caicedo 1951-1977

 

Yo también debo usar esa especie de animal extraño frente a los ojos, pero para cosas diferentes. Él lo usaba para ver su tierra sucia o ensuciada, que en este caso no es lo mismo. Su Cali sucia. Su pantano caníbal, lleno de carros fantasmas que son carros asesinos. Yo, por mi parte, no sé para qué uso esta cosa dorada en los ojos, será para salvar una porción de carne, para en el fondo no renunciar a todo o, por lo menos, no todavía.

Aquí el pavimento está rayado de movimiento. Y eso solo empeora cuando creo que podríamos ir a tomarnos una cerveza juntos, para que Andrés entienda por qué yo digo que ya me agarró tarde, que ya no lo alcanzo, que se me fue la muerte. Porque estoy viejo a pesar de ser 5 años menor que él en su último día.

Él no entendería que yo le dijera que no. “Mirá, que aún hay tiempo” me diría Andrés con su cuerpo de niño, con sus ojos de niño, con sus lágrimas de niño bajando por mis ojos cada vez que ojeo sus fotos. Yo le diría “Sos imposible y nunca has existido. Me duele que ya no estés”, se lo diría con mi lengua de niño, chiquita, la única parte que me sirve como espejo. Entre Andrés y yo, todo lo que nos dijéramos nos llevaría a un gran silencio, a un silencio dormido de impotencia, porque somos amigos muertos.

“Despertaste demasiado temprano, Andrés” te diría cuando estuvieras hablando, cuando me estuvieras contando alguna cosa, una idea para una película o el sabor de los mangos de Cali.  “Angelito, angelito ¿por qué estás muerto?” te seguiría preguntando mientras vos me hablás del río Cali y yo debería preguntarte sobre esto porque no sé nada, pero no lo haré. Te preguntaré si a veces andabas en bicicleta sonriendo o que si llorabas como jugando y acariciando a los demás.

La noche de tu muerte no soltaste ningún berrido, no hiciste subir a nadie a tu cuarto. En este momento me estoy inventando la estructura de tu casa y la geografía de tu muerte, que suena mal, pero no me dejaste ninguna opción. Te sigo por la casa como si todavía tuviera esperanza de salvarme, pero sé que ya no se puede, que nunca estaremos juntos porque yo estoy demasiado viejo y cansado, pero más que todo harto. Te veo unos últimos segundos y digo “Las pastillas siempre me han costado y no me gusta tocarme las venas, tengo el cuello demasiado sensible y no creo que exista  la electricidad.” Me es imposible encontrarte a pesar de que te veo en el piso y sos un gran cuerpo de niño.

Nunca tuve oportunidad de salvarme, como vos, que no entenderías lo que te digo, porque lo que te digo es que solo la gente joven puede morir, a los demás nos toca acabarnos. Un via crucis de desgaste conjunto, social.

Es un viernes por la tarde en el universo y he matado a mis amigos. Porque los elegí muertos o, en el mejor de los casos, moribundos. Por eso desayuno mangos y gente fresca.

Musaraña 4

La revista de arte y literatura Musaraña presenta mañana martes su cuarto número. El evento será en la galería Des Pacio a las 8 de la noche, habrá concierto por parte del proyecto de improvisación/ruido Antisentido junto con la cantante Camila Garro.


Afiche por Suzi Love

En esta edición participaron Sylvia Gutierrez, Fernando Chaves, Fiamma Aleotti, Joseph Víquez, Juan José Muñoz, Sarita Bonilla, Adriana Duarte, Osvaldo Baldi, Floriella Rivas, Efraín Mendez, Estíbaliz Solís, Diego Solís, Jonatan Lépiz, Christian Jiménez, Diego Padilla, Mario Urpí, Orlando Guier y Camilo Retana. La portada de la revista y la diagramación estuvieron a cargo de Adrián Poveda.

La noche del oráculo

Compré La noche del oráculo de Paul Auster en una librería, casi a ciegas, pues conocía poco del autor y nada de su obra. Llamé a un amigo, el principal culpable de la recomendación, y lo amenacé con cobrarle los ocho mil colones que costaba el libro si no me gustaba.

Sí, qué buena amiga soy.

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Musarañas impacientes

La espera a veces no ayuda, al menos para las musarañas.

A menos de un día del evento, ya están empacadas las copias que se venderán mañana en el CENAC, durante el lanzamiento oficial de la Revista Musaraña. Los ejemplares, que ahora se encuentran uno encima del otro, esperan impacientemente. Mañana tendrán un dueño, una persona (o varias) que lean y comenten los trabajos.

Y su impaciencia está completamente justificada. Además de contar con diez trabajos inéditos, este número obtuvo el patrocinio del programa Becas Taller del Ministerio de Cultura. Sí, esto significa que, al menos durante este año, más musarañas saldrán de sus madrigueras y hacia las manos de muchos lectores.

El evento, que inicia a las 7:00 PM en las Torres del CENAC, tendrá con la participación de “Striptease en el otro taxi”, un performance a cargo de Estíbaliz Solís, María Morales, Susana Diez y Floriella Rivas. Ah, y obviamente, se venderá la revista a 2000 colones. Para quienes no lograron conseguir el segundo número, les aviso que habrán algunas copias disponibles.

Ah, y aparte de estrenar número nuevo, la revista ahora cuenta con sitio web. Sí que sí, señoras y señores: www.revistamusarana.com.