
Yo también debo usar esa especie de animal extraño frente a los ojos, pero para cosas diferentes. Él lo usaba para ver su tierra sucia o ensuciada, que en este caso no es lo mismo. Su Cali sucia. Su pantano caníbal, lleno de carros fantasmas que son carros asesinos. Yo, por mi parte, no sé para qué uso esta cosa dorada en los ojos, será para salvar una porción de carne, para en el fondo no renunciar a todo o, por lo menos, no todavía.
Aquí el pavimento está rayado de movimiento. Y eso solo empeora cuando creo que podríamos ir a tomarnos una cerveza juntos, para que Andrés entienda por qué yo digo que ya me agarró tarde, que ya no lo alcanzo, que se me fue la muerte. Porque estoy viejo a pesar de ser 5 años menor que él en su último día.
Él no entendería que yo le dijera que no. “Mirá, que aún hay tiempo” me diría Andrés con su cuerpo de niño, con sus ojos de niño, con sus lágrimas de niño bajando por mis ojos cada vez que ojeo sus fotos. Yo le diría “Sos imposible y nunca has existido. Me duele que ya no estés”, se lo diría con mi lengua de niño, chiquita, la única parte que me sirve como espejo. Entre Andrés y yo, todo lo que nos dijéramos nos llevaría a un gran silencio, a un silencio dormido de impotencia, porque somos amigos muertos.
“Despertaste demasiado temprano, Andrés” te diría cuando estuvieras hablando, cuando me estuvieras contando alguna cosa, una idea para una película o el sabor de los mangos de Cali. “Angelito, angelito ¿por qué estás muerto?” te seguiría preguntando mientras vos me hablás del río Cali y yo debería preguntarte sobre esto porque no sé nada, pero no lo haré. Te preguntaré si a veces andabas en bicicleta sonriendo o que si llorabas como jugando y acariciando a los demás.
La noche de tu muerte no soltaste ningún berrido, no hiciste subir a nadie a tu cuarto. En este momento me estoy inventando la estructura de tu casa y la geografía de tu muerte, que suena mal, pero no me dejaste ninguna opción. Te sigo por la casa como si todavía tuviera esperanza de salvarme, pero sé que ya no se puede, que nunca estaremos juntos porque yo estoy demasiado viejo y cansado, pero más que todo harto. Te veo unos últimos segundos y digo “Las pastillas siempre me han costado y no me gusta tocarme las venas, tengo el cuello demasiado sensible y no creo que exista la electricidad.” Me es imposible encontrarte a pesar de que te veo en el piso y sos un gran cuerpo de niño.
Nunca tuve oportunidad de salvarme, como vos, que no entenderías lo que te digo, porque lo que te digo es que solo la gente joven puede morir, a los demás nos toca acabarnos. Un via crucis de desgaste conjunto, social.
Es un viernes por la tarde en el universo y he matado a mis amigos. Porque los elegí muertos o, en el mejor de los casos, moribundos. Por eso desayuno mangos y gente fresca.