“Creo sinceramente que la mejor crítica es la que es amena y poética;
no esa otra fría y algebraica, que, bajo pretexto de explicarlo todo,
no siente ni odio ni amor, y se despoja voluntariamente
de toda clase de temperamento”
Charles Baudelaire. “¿Para qué la crítica?”, Salón de 1846.
La academia le enseña a uno a justificar sus opiniones. Desde el colegio me enseñaron que si me gustaba algo tenía que decir por qué; si no me gustaba algo, tenía que decir por qué. Los franceses tienen un apego especial a la metodología y al uso de la razón y la argumentación (¡maldita Ilustración!). Ellos le dicen justifier. A mí solo me aburre.
A veces –no, corrección: a cada rato- me pregunto por qué siento las cosas que siento, por qué me gustan las cosas que me gustan. ¿Qué es lo que hace del gusto el gusto? No, gracias, hoy no me interesa discutir a Kant.
¿No está–independientemente de toda teoría filosófica y/o epistemológica- el gusto sujeto al sujeto? A una especie de subjetividad, una percepción personalizada, mezclada a la visión de mundo, experiencias, personalidad, intereses, etc., de cada quién.
Académicamente es insensato, poco profesional y mediocre dejarse sentir, no pensar. Dejarse sentir, y desde ahí opinar. No usar citas de teóricos o artistas famosos para justificar mis opiniones, no porque no puedo, sino porque no quiero.
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