Sobre los erizos y su elegancia

Pasé gran parte del primer tercio de mi vida en un hotel en el centro de San José. Ciertamente, no era la colmena elegante en alguna parte de París – pero tenía algo. Seguro eran los largos pasillos de loza vieja y paredes crema, recordatorios de alguna época indiferente, o una escalera de caracol que atravesaba el centro del edificio como una columna vertebral.

En sus inicios, el hotel era frecuentado por muchos y habitado por pocos. Esos pocos optaban por vivir confinados en la comodidad de su habitación (de cuatro mil colones la noche, con televisor y aire acondicionado), pues la mayoría huía de los juicios de los otros. Escondidos en partes estratégicas del lugar, los salían ocasionalmente por lo necesario. Uno de ellos se sentaba al fondo del lobby y, armado con varios mazos de naipes, pasaba horas construyendo castillos. En algunas ocasiones pensé que hacía trampa, pues las cartas no se resbalaban con facilidad en contacto con las demás. A veces, cuando llegaba a mi casa, tomaba uno de los mazos de mi abuela y procedía a edificar un castillo igual o mejor… con resultados decepcionantes, por supuesto.

Aquel hombre tenía el encanto de un erizo, aunque nunca lo catalogué como tal. Paloma, por otro lado, necesitó solamente de tres capítulos para racionalizar impresiones y sentimientos que, en mi caso, tomaron años. Llámenlo envidia o incredulidad. Por eso dejé de creer en ella.

Paloma no logró conmoverme, y mucho menos la obra de la cual ella forma parte. Pero han pasado varios meses desde la primera y última vez que la leí, y por alguna razón esta permanece muy fresca. Quizá es, porque de alguna forma, me enseñó algo que ya había olvidado.

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