Archivo de agosto, 2011

Sobre los erizos y su elegancia

Pasé gran parte del primer tercio de mi vida en un hotel en el centro de San José. Ciertamente, no era la colmena elegante en alguna parte de París – pero tenía algo. Seguro eran los largos pasillos de loza vieja y paredes crema, recordatorios de alguna época indiferente, o una escalera de caracol que atravesaba el centro del edificio como una columna vertebral.

En sus inicios, el hotel era frecuentado por muchos y habitado por pocos. Esos pocos optaban por vivir confinados en la comodidad de su habitación (de cuatro mil colones la noche, con televisor y aire acondicionado), pues la mayoría huía de los juicios de los otros. Escondidos en partes estratégicas del lugar, los salían ocasionalmente por lo necesario. Uno de ellos se sentaba al fondo del lobby y, armado con varios mazos de naipes, pasaba horas construyendo castillos. En algunas ocasiones pensé que hacía trampa, pues las cartas no se resbalaban con facilidad en contacto con las demás. A veces, cuando llegaba a mi casa, tomaba uno de los mazos de mi abuela y procedía a edificar un castillo igual o mejor… con resultados decepcionantes, por supuesto.

Aquel hombre tenía el encanto de un erizo, aunque nunca lo catalogué como tal. Paloma, por otro lado, necesitó solamente de tres capítulos para racionalizar impresiones y sentimientos que, en mi caso, tomaron años. Llámenlo envidia o incredulidad. Por eso dejé de creer en ella.

Paloma no logró conmoverme, y mucho menos la obra de la cual ella forma parte. Pero han pasado varios meses desde la primera y última vez que la leí, y por alguna razón esta permanece muy fresca. Quizá es, porque de alguna forma, me enseñó algo que ya había olvidado.

Fleur Jaeggy tiene una frente hermosa

Hay algunos lugares que se conocen como libros. Algunos son terribles y destructores. Los mejores son terribles y destructores. Los demás esperan a la distancia a que haya lluvias e inundaciones. Pero a mí no me interesan estas ansias meteorológicas. Me interesa su crueldad, su forma de mirar al mundo, una mirada que ve un cuerpo, recién asesinado o por lo menos en esa etapa de putrefacción leve donde la necrofilia todavía es disfrutable.

Con su nombre impronunciable viajamos como una hija a través del océano, sobre el océano, por debajo de algo muy grande que nos impide ver a los pájaros besándose, a los pulpos mostrar sus manos y despedirse. Fleur Jaeggy nos corta las pupilas y todos estamos de acuerdo con eso. Le tomamos cierto gusto al malestar, a ese ambiente casi peligroso que se siente, tal vez por la ausencia de tantos ángeles que han aprendido a no decir lo indicado, a no dar precauciones.

Murmurando en un idioma ininteligible se puede conversar con ella, aunque se muestre muy seria, aunque enseñe su cara de animal de cementerio. Podemos comunicarle que no sabemos dónde estamos, que no sabemos qué hacemos con los libros al frente, a pesar de aparecernos siempre y desaparecernos luego. Ella hará una pausa sumamente larga, esperaremos a que termine mientras vemos la televisión en nuestras casas, esperaremos a que responda mientras bañamos a los hijos de nuestros hijos.

Hoy no me he permitido ver su foto. Escribo esto de memoria, con una mano tapándome los ojos, pero como si fuera su mano. Fría y suiza, que a veces es lo mismo. Me cubre los ojos, mientras ella y yo, nos tomamos las manos. Cuando intento abrir los ojos siento la suya muy seca y envejecida, cuando cierro los ojos, dejo que me guíe como si fuera un gato. Ella o yo. Cruzamos un patio en el que hace años no llueve. Subimos a un árbol, que es una extensión de la luna y que casi la toca. Subimos muy alto. Le echo una ojeada a nuestros cuerpos y hemos perdido las propiedades humanas, no tenemos zapatos, no tenemos fajas ni ropa interior. Ella se pone un dedo en la boca y me mira como ha mirado el mundo siempre. En ese momento me siento parte del mundo. Y no hay forma de sentirme bien.

Me he quedado en la misma rama, del mismo árbol. Me tapo los ojos con mi mano y con la otra escribo esto, escribo esto, escribo esto. Ella ha seguido subiendo, dejando un camino de hormigas lunares. El camino de hormigas está inmóvil y ella tiene sus ojos de gato posados en mí. Cuando ella me mira yo no tengo ojos. Tengo una mano que me tapa el cuerpo.

Desavenencias

Los artistas Sergio Guillén y Pablo Murillo inauguran el póximo jueves la exposición Desavenencias Ontológicas.

La exposición consta de pinturas y fotografías que exploran distintos aspectos de la existencia y el ser.

En palabras de los autores:

“En el proceso de construcción, deconstrucción y representación ante los otros de las implicaciones de “ser”, el humano –a saber, único ser con capacidad de autoconsciencia– se ve abandonado a ejercer “una libertad”.
En este camino de forma inevitable llega a enfrentar interrogantes fundamentales que surgen de su fenomenología: la otredad, la colectividad y, aún más, sus demonios y el cuestionamiento de su propia existencia. En este sentido su proceder se ve sujeto a, básicamente, dos caminos: el ejercicio casi absoluto de esta libertad o la incuria de permitirse arrastrar por el devenir.’”

La exposición se llevará a cabo en la Galería Nacional y estará abierta al público hasta el 31 de agosto.