Sobre la fealdad callejera

Todo comienza con una pared en blanco. Conforme pasan los días, esta se va llenado de rayones de forma de casi exponencial. Quizá algún glotón decida acaparar la pared en algún momento, pero esto no parece limitar a los demás.

En cuanto al resto de la población, al menos en Costa Rica, han aprendido a convivir con esténciles, figuras atractivas y letras un tanto indescifrables. Esto lo demuestra un vídeo grabado por Gussa, un graffitero tico, quien se toma su tiempo para realizar su obra a vista y paciencia de todos. Lo más sorprendente de todo es que nadie, incluso los policias que pasan frente a la Fuente de la Hispanidad, lo detienen.


Muerte de una pared en blanco.

Da la impresión que el graffiti artístico es la única forma de graffiti que vale. Hace unos años, la Municipalidad de San Pedro de Montes de Oca permitió que varios artistas intervinieran los espacios públicos. No tengo nada en contra de eso, la verdad. Me gusta pasar frente a la Librería Universitaria y ver las paredes atestadas de pintura en aerosol. Sin embargo, no encuentro la misma aceptación ante una pared caótica, repleta de símbolos y frases.

No hablemos del graffiti artístico. De aquél que puede trasladarse con facilidad a una galería, o captar la atención de los transeúntes por su carácter estético. En este caso, me importan los rayones. Sí, las “Ultra Morada” escritas con betún negro en la pared del vecino. Las declaraciones de amor. Los No al TLC. Los garabatos que, para muchos, ensucian la sucia ciudad.

Su fealdad es imperdonable.

No todo el graffiti es arte urbano. Pero aún así, adquiere notoriedad por ser un acto de expresión. A veces, poco importa la estética cuando se trata de decir algo, de dar a conocer un mensaje. Realizarlo sobre las paredes de una casa, una cabina telefónica, debajo de un puente o detrás de la puerta de un baño es poco trascendente. La superficie solamente el medio.

No importa si alguien más pueda leerlo. Es el hecho que yo pueda escribirlo. decía un chico de Nueva York en el documental de 1983, Style Wars.

La ciudad habla por medio pegatinas, sténciles, garabatos, dibujos mal hechos de penes, números, barras de fútbol. No importa su belleza o ausencia de ella. Se trata de hacer lo que uno cree.

San José es la ciudad en graffiti que indica Jorge Jiménez; un lugar cuyo código se plasma en las páredes.

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