De C.R.A.Z.Y.

Sería una tarde con lluvia. Tenía que ser así porque así son la mayoría de las tardes con lluvia aquí. Pero no me importó. Hubiese atravesado media ciudad y lo hice. Con la promesa de encontrar del otro lado compañía. Al menos en la unidimensional forma de la pantalla grande. Supongo que no llevé paraguas, porque no me gustan los paraguas y porque no quería parecer más perdedor de lo necesario. Más solitario, digo. Al final sí llegué acompañado. Por la torpeza e incompetencia que provoca saberse en un lugar que no resulta familiar, que por lo general está repleto de gente que no resulta familiar.

Está vez el lugar era poco familiar y no estaba repleto. Eso lo hacía menos cómodo, extraño. Entré. Por la poca luz que había me hice a la idea de que a aquella sala el Garbo se le había desteñido de par en par hacía ya rato. Mi vestuario no ayudaba a la escena general tampoco. Pero aquella no era una función de gala y luces. Para nada. Era una función de redecorado, sí, pero redecorado interno. Ese en el que muy fuerte se mueven las bases desde adentro. De reencontrarse, redescubrirse… los res que tanto gustan a los new age. Esa tarde también tenía frío.

La película empieza; yo me doy cuenta que soy el único en la sala que está solo. La película avanza; descubro a otra persona sin acompañante. La película termina; ahora me doy cuenta que no hay nada en este mundo que me mueva a hablarle, acercarme. Quizá contarle que no me gustan los estereotipos. Encajar en un cuadro que otros han pintado a su gusto. Que a veces sí, pero las más no. Que en ese sentido la película -que aún no lograba descifrar canadiense o francesa- lo había logrado sin exagerar. Era un buen retrato por sus lágrimas y carcajadas. Representaba una realidad que por fuera no podía ser más ajena a la mía; sin embargo, son conflictos que a muchos nos han pasado por la cabeza.

Mención aparte al soundtrack. Qué buen recuento de una época que se nos enseña a añorar sin haberla vivido.

Salgo. Las nubes grises han dado paso a las nubes negras que han dado paso a la noche precoz. Camino a la parada. Aquel solitario camina con mi mismo destino. Esperamos juntos el bus; pienso en lo cobarde que soy, en cómo la juventud se va y eso me da miedo. No hay nada que perder, pero nada que hacer. Me paralizan las infinitas posibilidades en que se transformaría un mal recibimiento de mis avances. Me decepciono de mi mismo, es lo mismo siempre. El bus llega, me subo, él se queda en la parada. La tarde ha terminado agridulce. Esta sería una anecdota más en mi libro de la vida en solitario.

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1 comentario
  1. Fiamma

    No sé nada de la película y la quiero ver.

    Es extraño cómo uno puede extrañar a un extraño.

    25/06/10 , 8:34 pm